Antes de descubrir el óleo y la pintura acrílica, el dibujo y la acuarela fueron mi principal forma de expresión. Desde el principio me sentí profundamente atraída por la pintura japonesa Sumi-e, con su capacidad para sugerir más que describir, y por las acuarelas de Xu Beihong, especialmente aquellas dedicadas a los caballos, donde la fuerza y la delicadeza conviven en un mismo trazo.
La acuarela es una técnica que exige equilibrio entre el control y el azar. El agua y el pigmento dialogan constantemente, obligando a aceptar lo inesperado y a tomar decisiones con precisión. Es un proceso que alterna momentos de reflexión con otros en los que resulta necesario dejarse llevar.
Esa dualidad es, precisamente, lo que más me fascina. Cada acuarela es un ejercicio de observación, intuición y confianza, donde el vacío y la transparencia poseen tanta importancia como el propio color.