Mis primeros recuerdos dibujando están ligados a la figura humana. Aún conservo en la memoria uno de aquellos primeros garabatos: un personaje con el cabello de colores. Desde entonces, el rostro y el cuerpo han sido una presencia constante en mi forma de entender el dibujo y la pintura.
Durante la adolescencia descubrí el manga y quedé fascinada por la sensibilidad de sus personajes. Más tarde llegaron las composiciones de Alfons Mucha, la atmósfera de Edward Hopper, la intensidad expresiva de Egon Schiele y la mirada contemporánea de David Hockney. Todos ellos, de maneras muy diferentes, alimentaron mi interés por la representación de las personas.
Con el tiempo abandoné el papel para trasladar esa búsqueda al lienzo. El retrato dejó de ser un ejercicio de dibujo para convertirse en una forma de explorar la identidad, la emoción y la presencia humana.
Comparto la idea expresada por R. B. Kitaj, recogida por Tony Godfrey en La pintura hoy: el ser humano continúa siendo el tema que más nos interesa porque, en el fondo, seguimos buscando comprendernos a través de los demás. Esa necesidad de representar al otro forma parte de nuestra historia y continúa plenamente vigente.
La neurociencia también ha intentado explicar esta fascinación. En Visión interior, Semir Zeki describe cómo el cerebro dedica una región específica al reconocimiento de los rostros, lo que quizá explique por qué una mirada, un gesto o una expresión poseen una capacidad tan poderosa para despertar nuestra atención y nuestra memoria.
Mis retratos nacen precisamente de ese interés: detenerme en la presencia humana y convertir cada rostro en un espacio donde el espectador pueda reconocerse, emocionarse o simplemente detener la mirada durante unos instantes.